La reencarnación del carnicero

Un viejo monje que pasaba por delante de una carnicería, rompió a llorar. La gente, sorprendida, le preguntó qué le pasaba.

—Es una larga historia—dijo el monje.—Recuerdo haber tenido dos vidas. En la primera  fui carnicero, cuando fallecí sobre los treinta años, mi espíritu fue custodiado por unos guardianes del más allá, me ataron y me llevaron ante un juez del inframundo quien me acusó de haber sacrificado demasiadas vidas y ordenó que pagase por ello en mi próxima reencarnación. Entonces caí aturdido sintiendo un calor insoportable. De repente, sentí frío, fue cuando descubrí que estaba en una pocilga. Me apartaron y me dieron comida de cerdos. Aunque sabía que era asquerosa, comí ya que sentía los órganos internos secos por el hambre. Poco a poco aprendí el idioma de los cerdos y solía hablar con mis compañeros . Muchos de ellos recordaban sus vidas pasadas, pero no había manera de contárselo a nadie. Sabiendo que podíamos tener una muerte cruel gruñíamos con angustia y derramábamos lágrimas por el dolor. Difícilmente podíamos soportar el calor en verano y sólo nos sentíamos algo aliviados si encontrábamos lodo en el que revolcarnos, pero esto ocurría en muy pocas ocasiones. Con tan poco pelo en el cuerpo sufríamos el frío del invierno. Los perros y ovejas nos parecían animales divinos por su abundancia de pelo. Finalmente un hombre vino a atarme. Aunque yo sabía que no había forma de escapar a la muerte, salté y conseguí escabullirme esperando ganar algo de tiempo. Finalmente el hombre me atrapó. Me pisó la cabeza y ató mis patas con cuerda que me cortaba la piel como un cuchillo. Me arrojaron a un carro de transporte con varios compañeros. Como íbamos apelotonados unos encima de los otros, casi me rompen las costillas y, por poco, me estalla el estómago de la presión. Entonces me pusieron boca a bajo atado a un palo de bambú. El dolor era insoportable. Llegamos al mercado, allí me arrojaron al suelo con tal fuerza que me aplastaron el corazón y me reventaron el bazo. Algunos de mis compañeros fueron sacrificados mientras que otros esperaban su turno durante días. Yo estaba temblando de miedo, imaginando lo doloroso que debía ser cuando me cortasen el cuello. Se me ocurrió que a mi muerte me trocearían y me servirían en un plato en la mesa de alguna familia. Este pensamiento me estremeció y me llenó de pesar y desesperación. Al llegar mi turno casi me desmayo del horror que sentí cuando el carnicero me arrastró. Caí al suelo sin esperanza y mi espíritu flotó por encima de mi cabeza antes de volver donde pertenecía. El carnicero me degolló y dejó que la sangre se vertiera en una palangana, el dolor era indescriptible. Mi muerte era lenta y tan sólo podía gruñir. Cuando mi sangre se había derramado casi por completo, el carnicero hundió su cuchillo en mi corazón. Por el dolor tan intenso perdí la voz, luego caí aturdido. Entonces, al igual que la otra vez, experimenté un renacimiento. Después de un periodo indefinido de tiempo me desperté, había nacido como humano y ese fue el principio de esta nueva vida. Ahora, cuando he visto como sacrificaban el cerdo, un indescifrable dolor y angustia me recordaron la experiencia pasada y tampoco consuela pensar en la condena que le espera al carnicero. Me ha perturbado de tal forma el dolor que las lágrimas rodaron por mis mejillas.

Después de oír el relato del monje, el carnicero arrojó el cuchillo al suelo y desde aquel día se ganó la vida como vendedor de verduras.

紀昀  Ji Yun