La posada “Lazos de amor” (1/2)

Wei Gu había sido un niño huérfano, por eso deseaba casarse los antes posible y formar su propia familia pero, invariablemente, cuando se proponía en matrimonio era rechazado.

En el segundo año del reino de Zhenguan, mientras viajaba a la provincia de Qinghe, se detuvo a pasar la noche en una pequeña posada al Sur de la ciudad de Songcheng. Un huésped se ofreció para presentarle a la hija de un funcionario retirado y le organizó una cita la mañana siguiente en la puerta del templo del “Dragón de la Luz”,  al Oeste de la posada.

Entusiasmado e inquieto, Wei se levantó cuando todavía la luna iluminaba la noche y se dirigió al templo. En los peldaños de acceso al templo, envuelto en un saco de tela, se encontraba un anciano recostado que estudiaba un libro a la luz de la luna. Wei Gu se inclinó para mirar pero los caracteres del libro eran completamente ilegibles.

—¿Qué libro está leyendo?—preguntó con curiosidad.—Desde que iba a la escuela  he consagrado todo mi tiempo a la lectura y, sin presumir, me precio de saber leer cualquier texto, incluso en sánscrito. ¿Cómo es que no he visto antes caracteres como estos?

—Este libro no es para humanos—contestó el anciano con una sonrisa,—es poco probable que lo entiendas.

—Pero dígame, ¿de qué libro se trata?—insistió Wei Gu.

—Este es nuestro libro del inframundo.

—Si quiere decir que viene del inframundo, ¿qué hace aquí?

—No me preguntes que hago aquí, más bien pregúntate a ti mismo que estás haciendo tú aquí a estas horas de la madrugada. Nosotros, funcionarios del inframundo, ya que estamos a cargo de la vida y de la muerte de vosotros los humanos, ¿crees que podemos evitar mezclarnos entre vosotros? Mira, de todas esas criaturas que andan por las calles probablemente la mitad sean humanos y la otra mitad espíritus. Es una pena que vuestros ojos mortales no sepan distinguir quien es quien.

—Si es así, ¿de qué se encarga usted?

—Organizo contratos matrimoniales bajo la luna.

—¡Eh! —exclamó Wei Gu con una sonrisa—sabe que crecí huérfano y he querido casarme joven para formar una familia. Sin embargo, los últimos diez años, al menos, todos mis esfuerzos como pretendiente no han servido de nada. Hoy, precisamente, me van a presentar a la hija de un funcionario retirado. ¿Tendré éxito esta vez?

—Creo que no. La mujer que está predestinada para ti ahora sólo tiene tres años. No será tu mujer hasta que no tenga diecisiete.

—¿Qué llevas en la bolsa?—dijo Wei Gu cambiando de tema.

—Cuerda roja. La utilizo para atar por los tobillos a las parejas que están predestinadas a casarse. Ni se dan cuenta, pero en el momento que están entrelazados no hay manera de que escapen a su destino, no importa si pertenecen a familias enemigas o a familias alejadas por dinero o posición, ni tampoco importa cuan lejos vivan el uno del otro. Tu pie ha sido atado al de ella. De nada sirve que busques a nadie más.

—¿En ese caso, le importaría decirme donde vive mi futura esposa? ¿Cuál es su familia?

—Es la hija de una verdulera. Viven al Norte de la posada.

—¿Puedo verla?

—La mujer suele llevar a la niña al mercado. Si vienes conmigo te indicaré quien es.

El sol se levantaba por el Este pero la gente que Wei Gu esperaba no había aparecido. El anciano guardó el libro en la bolsa y se dirigió al mercado. Wei Gu le siguió. De otra parte llegó una mujer tuerta con una niña de unos tres años, ambas de aspecto miserable.

—Esa será tu mujer—le dijo el anciano.

—Puede que muera—gruñó Wei, humillado por lo que veía.

—No, eso no va a ocurrir. Aunque ahora pueda parecer humilde, a esta niña le espera un brillante provenir y por la honradez de su hijo será una auténtica marquesa. ¡Cómo va a morir prematuramente!

Después de hablar así, el anciano desapareció.

(Fin de la primera parte de la posada “Lazos de amor”)