Historias del reino de Silla (II)

En los primeros años del reinado de Tianbao durante la dinastía Tang, el duque Wei fue designado como enviado especial para asistir a la coronación del nuevo rey en Silla, en la actual Corea. Como el duque era un hombre anciano y estaba poco habituado a los viajes oceánicos, solicitó con ansiedad informes del lejano reino. De boca de un comerciante que había viajado a aquel país oyó el siguiente relato:

En el transcurso del reinado de Yonghui, en tiempos de paz entre China, Silla y Japón, un enviado imperial después de concluir una misión en Silla decidió regresar a China por el mar de Japón. Durante la travesía se desató una furiosa tormenta y la flota quedo a merced de las grandes olas y del viento huracanado.

Estuvieron más de diez días luchando contra las corrientes perdiendo completamente el rumbo hasta que días después, a la puesta del sol, de repente el viento cesó y divisaron tierra. Echaron el ancla y unos cien marineros desembarcaron. La orilla era un acantilado de más de cien pies de altura. Al divisar casas en lo alto, impacientes, decidieron trepar por la abrupta pendiente de tierra y rocas.

Cuando llegaron arriba se encontraron con un hombre de veinte pies de alto que, aunque  vestido como ellos, sin embargo, hablaban un idioma extraño. El gigante parecía más que contento de ver a los hombres de Tang y les invitó a entrar en su casa. Cuando habían entrado todos hizo rodar una piedra gigante, bloqueó la puerta principal y se fue.

Al poco rato, volvió con cien gigantes como él. Examinaron a los hombres de Tang y escogieron los que parecían más gordos y tiernos. Seleccionaron cincuenta hombres para cocinarlos que después engulleron con vino y música.

Ya de noche, acabaron todos borrachos como cubas. Así el resto de los hombres de Tang pudieron explorar el resto de la casa.

En el patio encontraron treinta mujeres. También ellas, como luego supieron, habían zozobrado debido a una tormenta y fueron cautivas de los gigantes. Sus maridos habían sido devorados, mientras que a ellas las habían dejado con vida para que les tejieran ropa.

—Ahora que están borrachos— dijeron las mujeres,— podemos aprovechar para escapar. ¡Es una oportunidad única y conocemos el camino!

Los hombres estuvieron de acuerdo y pusieron manos a la obra. Las mujeres recogieron toda la ropa que habían tejido y se la ataron a las espaldas y los hombres degollaron a los gigantes con los cuchillos que encontraron. Luego, corriendo, huyeron por el patio y llegaron al acantilado.

El acantilado era muy escarpado. El cielo estaba oscuro y los caminos no se distinguían con claridad. Con todo, ataron la ropa hasta formar una cuerda y consiguieron bajar. Cuando miraron hacia atrás vieron cientos de gigantes siguiéndolos. Algunos ya habían llegado a la playa.

Gritaban y saltaban furiosos en la arena, pero los barcos ya habían desplegado las velas y navegaban mar adentro. De esta manera, el enviado imperial con sus ayudantes y las mujeres consiguieron volver a pisar tierra firme.