El alquimista

En Chang’an vivía un letrado de nombre Jia Zilong. Un día vio en la calle un extranjero de aspecto muy elegante y refinado, sintiendo admiración hizo indagaciones y supo que se llamaba Zhen y que residía en Xianyang, no muy lejos de allí.

Al día siguiente se propuso visitarlo, fue a su casa pero había salido. Lo volvió a intentar en tres ocasiones pero como tampoco consiguió verlo, mandó que vigilaran la casa para avisarle cuando apareciera. Pero ni así consiguió ser recibido, por tanto no le quedo más remedio que ir personalmente a la puerta de su casa para pedirle que saliera a recibirle.

Al poco estaban charlando cordialmente, pues enseguida simpatizaron, y Jia pidió a un chico que trajera vino de una taberna de la vecindad. Bebieron y se rieron ya que Zhen resultó ser una compañía muy agradable. Cuando el vino se acabó, Zhen sacó una caja y tomó de ella una jarra de jade alta y refinada. Sirvió vino en una de las copas y ¡vaya! Estaba llena hasta el borde. Entonces continuaron sirviéndose de la jarra y por más que vertían, el contenido no parecía mermar. Jia, muy asombrado, le pidió a Zhen que le explicara como lo hacía.

—¡Ah!—contestó Zhen,—no voy a mostrarte como se hace. La avaricia es uno de tus puntos débiles. El arte que yo practico es un secreto solamente conocido por los inmortales. ¿Cómo te lo voy a enseñar?

—Me juzgas mal si piensas que soy avaricioso—replicó Jia, — pues es un hecho que todos los avariciosos son pobres.

Zhen rió de buena gana y luego se separaron aquel día.

Desde entonces ambos se veían regularmente y pronto prescindieron de los formalismos. Cuando Jia quería dinero, Zhen sacaba una piedra negra, recitaba un ensalmo, frotaba contra un azulejo o un ladrillo y, al punto, se convertía en un trozo de plata que entregaba a Jia. Siempre le daba la cantidad que él necesitaba, ni más ni menos. Si pedía más, le recordaba sus palabras sobre la avaricia.

Un día Jia determinó hacerse con la piedra y aprovechando que Zhen dormía después de una borrachera, trató de quitársela de la ropa. Sin embargo Zhen se dio cuenta y en consecuencia le dijo que ya no podían seguir siendo amigos y al día siguiente abandonó el lugar.

Pasado un año, Jia paseaba un día por la ribera del río cuando vio una piedra negra que tenía un parecido asombroso con la que poseía Zhen. La recogió y la llevó a casa. A los pocos días Zhen se presentó de improviso en casa de Jia.

¬—La piedra que has encontrado me la regaló hace tiempo un monje taoísta del que fui discípulo. Tiene la propiedad de convertir cualquier cosa en plata, — después añadió, —lamentablemente, en una borrachera la perdí. Gracias a las artes adivinatorias he sabido donde se encontraba y si ahora me la devolvieses yo procuraría recompensar tu amabilidad en su justa medida.

—Has acertado, tengo la piedra, tómala si quieres pues entre amigos el rico compensará al pobre—contestó Jia.

A esta insinuación Zhen dijo que le daría cien onzas de plata, a lo que Jia respondió que era una oferta justa, pero que antes debería enseñarle la fórmula utilizada cuando frotaba la piedra para intentarlo al menos una vez. Pero Zhen temía las consecuencias, entonces Jia dijo en voz alta:

—Siendo inmortal como eres, deberías saber bien que yo no engaño a los amigos.

Finalmente consiguió convencerlo. Jia se disponía a probar el arte mágico sobre una inmensa piedra de lavar que yacía cerca. Zhen le rogó que no hiciera nada de lo que se pudieran arrepentir. Entonces, Jia cogió un trozo de un ladrillo y dijo:

—Este trozo de ladrillo no es mucho, ¿no?

Zhen asintió y más tranquilo le dejó proceder, pero Jia ignorando el trozo del ladrillo, con un movimiento rápido, frotó la piedra de lavar. La cara de Zhen se tornó pálida, intentó detenerlo pero ya era demasiado tarde, la gran piedra de lavar se había convertido en una sólida masa de plata. Luego Jia discretamente le devolvió la piedra mágica.

—¡Vaya, vaya!— gritaba Zhen con desesperación. —He proporcionado riqueza a un mortal desobedeciendo las normas del cielo, ¿qué me va a pasar ahora? Seré castigado sin compasión.  ¡Oh, si al menos pudieras ayudarme realizando ofrendas y sacrificios!

—Mi querido amigo —replicó Jia, —no es mi intención abusar amasando dinero de forma codiciosa.

Zhen se alegró al oír estas palabras.

Durante los tres años siguientes Jia reanudó sus negocios como de costumbre, haciendo grandes donaciones a los pobres y teniendo siempre cuidado de cumplir la promesa que le había hecho a su amigo.

Cuando pasó este tiempo, Zhen se presentó ante él y apretándole la mano dijo:

—Fiel y noble amigo, la última vez que nos separamos fui acusado ante el Emperador del Cielo y  mi nombre fue borrado del registro de inmortales, pero ahora que tu has cumplido tu promesa, la sentencia ha sido invalidada. ¡Continúa así!

Jia le preguntó que función desempeñaba en el cielo y Zhen le contó que era un simple espíritu zorro. Como había llevado una vida libre de malas acciones había alcanzado una clara percepción de la verdad y el camino a la inmortalidad.

Trajeron vino y los dos amigos disfrutaron juntos como antaño. Incluso cuando Jia había pasado la edad de noventa años, ese zorro todavía solía visitarlo de vez en cuando.

聊斋志异    (Relatos extraños de Liao Zhai – Pu Songling)

Trucos de villanos

Los villanos y  tramposos conocen un montón de trucos y recursos, y no les falta ocasión para utilizarlos hábilmente. Cuando era niño me contaron estas dos historias:

Una familia de nuestro pueblo relataba como una noche se escucharon pisadas en el patio.  Sospechando de un ladrón buscaron con antorchas en todos los rincones de la casa pero no encontraron a nadie. Así, abandonaron la búsqueda pensando que se trataba de ruidos producidos por algún fantasma travieso.

Un ladrón que había oído la anécdota, aprovechando una noche oscura se coló en la casa. Los de la familia volvieron a oír ruidos pero esta vez pensaron que se trataba del fantasma y se fueron a dormir. De esta manera el ladrón saqueó la casa a sus anchas y se marchó cargado con un buen botín.

Se cuenta también la historia de un juez que defendía a ultranza el confucianismo y, por el contrario, rechazaba el budismo mostrando una fuerte aversión por los monjes de está religión. Un día el abad de un templo budista cercano recurrió al magistrado para denunciar un robo.

El juez le reprendió con el siguiente argumento:

—¿Si Buda no es poderoso por qué habría de disfrutar de los ritos sacrificiales? ¿Si, por el contrario, Buda es poderoso por qué no castiga él mismo al ladrón en vez de molestar a las autoridades?

Con estas palabras despidió al monje y luego dijo con aire de suficiencia:

—Si todos los magistrados sobre la tierra usaran mis métodos,  los monjes desaparecerían por decisión propia.

El abad resultó ser un hombre ingenioso y de recursos. Organizó una oración pública de arrepentimiento delante del santuario con todos sus discípulos y al mismo tiempo mandó que un mendigo se arrodillara delante de las puertas del templo mientras sostenía con sus brazos ropa y artículos de uso doméstico. En consecuencia, la gente del lugar creyó que Buda había manifestado su poder haciendo que el ladrón se entregara y esto provocó que aumentaran las donaciones. De esta manera el monje consiguió sacar provecho de una situación adversa.

Con el fraude desenfrenado que hay en nuestro mundo, ¿cómo puede un juez manifestarse sobre estos asuntos simplemente aferrándose a su tozudez?

紀昀  Ji Yun

El Maestro de las Nubes

El Maestro de las Nubes franqueó las puertas de palacio, pasó por el puente del Noveno Dragón y atravesó la extensa senda real. Llegaba vestido con una larga túnica de anchas mangas y en su mano derecha sostenía un plumero sagrado y en la mano izquierda un cesto con flores.

Cuando camina sobre las nubes, las estrellas y los planetas se agitan y tiemblan,  cuando atraviesa las montañas, los tigres le reverencian y cuando surca los mares, los dragones se inclinan en su presencia.

A su llegada a la corte dijo:

—Su majestad, este humilde taoísta le saluda.

Viendo que el taoísta no se arrodillaba ni se inclinaba ante él, el rey Zhou se mostró contrariado.

—Soy el rey, señor de los cuatro océanos, aunque seas un inmortal taoísta, vives en mi territorio. ¿Cómo te atreves a comportarte de forma tan grosera? Serás castigado por ello aunque mis funcionarios me reprueben por intolerante. Pero antes, veamos si puedes responder a mis preguntas debidamente.

Así, el rey Zhou preguntó:

—¿De dónde vienes?

—Vengo de las nubes y de los ríos— respondió el taoísta.

—¿Qué significa  “de las nubes y de los ríos”?

—Mi corazón es libre como las blancas nubes y me pensamiento fluye como el agua.

El rey Zhou era un gobernante no falto de ingenio y le formuló una pregunta filosófica:

—¿Dónde irías si las nubes se disiparan y los ríos se secasen?

—Si las nubes se disiparan vería la luna brillante en el cielo y si los ríos se secaran surgirían resplandecientes perlas en su lecho.

La furia del rey Zhou se tornó en alegría y exclamó con júbilo:

—En un principio estaba contrariado por la forma de tu saludo, pero por tus respuestas me doy cuenta que eres un gran santo y sabio.

El rey Zhou dijo a sus sirvientes que le procurasen un asiento al Maestro de las Nubes y sin más preámbulos el taoísta se sentó al lado del rey.

El maestro de las Nubes agachó la cabeza mostrando respeto y dirigiéndose al monarca dijo:

—Su majestad admite que al rey se le debe conceder el más alto honor, pero desconoce que de las tres religiones, Taoísmo, Budismo y Confucianismo, el Taoísmo es la más honorable.

—¿Por qué es así?

—Permítame decirle que entre las tres religiones, el Taoísmo es la más respetable. Un taoísta no se postra ante un rey ni acude en busca de duques ni altos ministros. Vive eremita y evita las trampas de los poderes políticos. Rechaza el mundo vulgar considerándolo una mera red y entrega por completo su vida en busca de la verdad. Se aleja de la fama y la riqueza, encuentra la dicha entre bosques y arroyos, abandona los conceptos de honor y deshonor y se refugia en las cavernas. Tiene un manto de estrellas por la noche y de sol por el día. Usa algodón por vestido, sombreros tejidos de flores y colchón de hierbas silvestres. Bebe de dulces manantiales, come semillas de pino y cipreses para garantizarse la longevidad, aplaude cuando canta y duerme en las nubes después de bailar. Filosofa sobre el Tao y escribe ensayos y poemas sobre el vino con sus amigos. Desdeña la riqueza y se regocija en la pureza y la pobreza. Vive la vida sin preocupaciones y gasta su tiempo discutiendo la grandeza y decadencia de las dinastías.

Aunque las cuatro estaciones cumplen un ciclo infinito, puede tornar negro su pelo canoso y rejuvenecer su cuerpo. Ayuda a las gentes con hierbas medicinales y les aparta de la muerte. Exorciza espectros y demonios por medio de sortilegios y encantos. Reúne las refinadas emanaciones tanto del cielo como de la tierra y recolecta la esencia del sol y de la luna. Se cultiva a sí mismo con el yin y el yang y consigue renacer por medio del fuego y del agua. Recolectando los ingredientes en las estaciones apropiadas extrae los elixires de la vida. Vuela sobre el Ave Fénix y la Grulla Blanca e invoca el Palacio de Jade Púrpura del Emperador Supremo.

A diferencia de los confucianos que buscan altos cargos en los ministerios, los taoístas sólo ven el poder político y la riqueza como nubes flotantes. A diferencia de los seguidores de la secta Jie que practican brujería y hechicería, los taoístas solo se preocupan del Tao. Por eso, de las tres religiones, es el Taoísmo la más respetable.

封神演义 La creación de los dioses.