Yuchi Jingde

Yuchi Jingde

Representación popular del Gral. Yuchi Jingde como guardián del hogar.

En los últimos años de la Dinastía Sui vivía en Taiyuan un profesor muy pobre que se ganaba la vida como instructor. Justo al lado de su casa había una tesorería pública. Un día hizo un agujero en la pared y accedió en la sala contigua donde descubrió un inmenso almacén de dinero. Se disponía a coger algunas monedas cuando apareció un guardián uniformado con armadura metálica y se lo prohibió.

—Si necesitas dinero consigue una autorización del señor Yuchi pues este dinero le pertenece.

El profesor buscó al señor Yuchi sin éxito. Pero un día, cuando pasaba por delante de una herrería, vio a un herrero trabajando en su forja. Tenía el pelo desaliñado y llevaba un delantal viejo y desgastado. Su nombre era Yuchi Jingde.

El profesor esperó hasta que el herrero hizo una pausa en su trabajo, luego avanzó un paso e hizo una profunda reverencia.

—¿Qué quieres?— preguntó el herrero.

—Soy pobre— explicó el profesor— y tu tienes mucho dinero. ¿Podrías darme quinientas sartas de monedas?

—Como ves, no soy más que un herrero—contestó Yuchi con irritación. —¿Conoces algún herrero rico en este mundo? ¡Te burlas de mi cuando dices que soy rico!

—Por favor —insistió el profesor,— apiádate y extiéndeme al menos una autorización. Ya te revelaré en el futuro el porqué de mi petición.

Yuchi no vio razón para negarse y escribió en un trozo de papel lo siguiente:

“Entréguense quinientas sartas de monedas al poseedor de este documento.”

Luego anotó la fecha y firmó.

Muy satisfecho y agradecido, el profesor se despidió amablemente mientras Yuchi y sus aprendices palmoteaban y se reían a carcajadas del profesor loco.

El académico no hizo caso. Fue sin perder tiempo a la tesorería donde estaba el guardián del día anterior. Le entregó la autorización. El guardián sonriendo dijo:

—Sí, ésta es la nota de Yuchi.

Pidió al profesor que dejara la nota en un punto visible. Luego le permitió coger el dinero, pero no más de quinientas sartas de monedas.

Años más tarde, después de prestar extraordinarios servicios ayudando al nuevo emperador a hacerse con el poder del país, Yuchi solicitó permiso para volver a su casa. El emperador le otorgó una gran cantidad de dinero y un tesoro que nunca antes había sido inspeccionado. Cuando adquirió la fortuna, Yuchi revisó las cuentas y descubrió que faltaban quinientas sartas de monedas.

Su enfado era tal que decidió castigar al guardián del tesoro por ladrón. Entonces vio la nota. Se acercó y leyó sus palabras y su firma de cuando era herrero. Durante días no salía de su asombro. Mientras tanto había ordenado a sus hombres buscar en secreto al profesor. Finalmente lo encontraron. Después de escuchar el relato que refirió sobre lo sucedido en la cámara del tesoro aquel día, Yuchi le hizo entrega de un generoso donativo y le dejó marchar.

Poco después Yuchi repartió todo el dinero de la cámara del tesoro entre sus amigos y familiares.

太平廣記  Taiping guangji (Antologías de Taiping)

Enseñanzas del maestro Zhuangzi

Cuando murió la mujer del maestro Zhuangzi y Huizi acudió a expresarle sus condolencias, encontró al maestro tirado en el suelo con las piernas extendidas tamborileando sobre una tinaja y cantando.

—Junto a ti vivió—dijo el maestro Hui, — juntos educasteis a vuestros hijos, juntos envejecisteis y ahora tu mujer ha desaparecido. Vale que no llores su muerte pero ¿no es excesivo y desmedido estar tocando y cantando?

—No es así —dijo el maestro Zhuangzi.— ¿Cómo iba a ser diferente de los demás y no estar triste y afectado por la muerte de mi esposa? Pero pensando sobre su origen me doy cuenta de que en un principio no había nacido. No solo no había nacido sino que originariamente no tenía forma. No solo no tenía forma, sino que inicialmente no tenía aliento vital. Entremezclada en una masa confusa y caótica se produjo una transformación y tuvo aliento vital; el aliento vital se transformó y tuvo forma; la forma se transformó y ocasionó su nacimiento. Ahora se ha producido otra transformación y ha muerto. Es como la sucesión de las cuatro estaciones de primavera a otoño, de invierno a verano. Ahora yace ahí durmiendo feliz y dichosa en la Gran Cámara. Si yo siguiera gimiendo y llorando, creo que no habría entendido nada sobre la vida, por eso he dejado de hacerlo.

莊子 (s.IV a.C.)

El letrado Tan

Wang de Suiyang

Wang de Suiyang

Tan era un letrado de la dinastía Han. Estaba soltero cuando andaba por los cuarenta. Leía con asiduidad “El libro de los Cantos” que invariablemente conseguía conmoverlo profundamente. Un día a media noche, apareció ante él una joven muy guapa y arreglada con un vestido deslumbrante. La joven le pidió matrimonio con estas palabras:

—Soy diferente de otras mujeres. Por favor, sólo te pido que durante tres años no acerques ninguna luz directa a mi persona.

Con esta condición se convirtieron en marido y mujer.

Tuvieron un hijo. Cuando el niño tenía dos años, Tan tentado por la curiosidad, una noche cuando su mujer dormía, se acercó con la luz de un candil. Vio que su mujer solo tenía carne en la parte superior desde el pecho, pero en la parte inferior era nada más que esqueleto. En ese momento ella despertó.

—¡Me has traicionado! — dijo,— sin tu intervención pronto hubiera renacido. ¿Por qué no esperaste otro año antes de exponerme a la luz?

Tan se disculpó por lo qué había hecho. Las lágrimas corrían por sus mejillas.

—Ahora tenemos que separarnos eternamente —dijo,— pero antes debo procurar sustento para mi hijo. Sígueme y te daré algo para evitar que seas demasiado pobre para mantenerlo.

Tan siguió a su mujer. Entraron en una lujosa mansión, el mobiliario era noble y suntuoso. Allí le entregó una alhaja de perlas y brillantes.

—Con esto podréis llevar una vida decente.

Arrancó una parte de su manga y se la dio como recuerdo y luego desapareció.

Tiempo después Tan llevó al mercado la alhaja donde consiguió venderla por una considerable suma de dinero. Fue adquirida por alguien en nombre de Wang de Suiyang.

Cuando Wang vio el objeto exclamó:

—¡Ésta era la alhaja de mi hija! ¡Quién la haya vendido es un saqueador de tumbas!

La denuncia provocó que Tan fuera detenido e interrogado.

Tan contó su historia con todo detalle pero Wang, esta historia, la encontró difícil de creer. Fueron a la tumba de su hija y vieron que estaba intacta. Cuando la abrieron descubrieron la otra parte de la manga en el interior del ataúd. Wang entonces mandó traer al hijo de Tan ante él. ¡Se parecía a su hija!

Convencido de la veracidad de sus palabras, Wang le devolvió la alhaja de perlas y brillantes y le reconoció oficialmente como yerno. Más tarde, le recomendó para un puesto importante en la corte.

Cao Pi – Lie yi zhuan (Biografías de personajes extraordinarios)
曹丕 – 列異傳 (aprox. 220-280 d.C.)