Historias del Reino de Silla (I)

Kim es el apellido de más alta alcurnia del reino de Silla, (antiguo reino de la actual Corea). El linaje se remonta hasta el rey Pangyi.

Pangyi tenía un hermano menor. Antes de que Pangyi fuera rey, su hermano era muy rico, mientras que el propio Pangyi, apenas sin recursos, vivía en la pobreza. Alguien le regaló un pequeño terreno muy árido y Pangyi, para aprovechar la tierra, le pidió a su hermano semillas de trigo y huevas de gusanos de seda. Pero éste, antes de entregárselas, las coció al vapor.

Cuando llegó la primavera sólo había nacido un gusano de seda, pero era un gusano que tenía  la particularidad de crecer varios centímetros al día. En tan solo dos semanas, se hizo tan grande como un ternero. Comía tanto que las hojas de las moreras de un bosque cercano no bastaban para alimentarlo.

El hermano de Pangyi, ciego de envidia, cuando se le presentó la primera oportunidad mató el gusano.

Días después, miles de gusanos de seda de los alrededores invadieron la casa de Pangyi. Los vecinos acudieron a hilar seda de los capullos. Todos creyeron que el gusano gigante era un rey.

En cuanto a las semillas de trigo, solo germinó una. Su espiga era pesada y medía más de un pie de alta. Pangyi la cuidaba con mimo, pero un día un pájaro la partió y se la llevó volando. Pangyi persiguió al pájaro hasta las montañas. Allí vio como el ave desaparecía en una gruta entre las rocas. El sol ya se había puesto, el día había oscurecido y no se distinguían los caminos, así que decidió quedarse allí mismo a dormir.

A medianoche la luna llena estaba alta e iluminaba las laderas de las montañas. Pangyi todavía despierto vio un grupo de jóvenes, todos vestidos de rojo, divirtiéndose bajo la luz de la luna.

—¿Qué quieres?— Uno de los jóvenes preguntó a otro.

—Vino.— Respondió éste.

Entonces sacó un martillo de oro y golpeó una roca. De repente aparecieron vasos y una jarra de vino. Otro pidió comida. El joven golpeó de nuevo la roca y de la nada sobre una mesa de piedra surgieron tortillas, carne asada y sopa. Se sentaron a comer y cuando acabaron escondieron el martillo de oro en la gruta y se marcharon.

Pangyi estaba fascinado. Tomó el martillo y se lo llevó de vuelta a casa. Con él podía obtener cualquier cosa que deseara y en poco tiempo se hizo rico como un rey. Aún así, de vez en cuando, compartía perlas y jade con su hermano. Sin embargo, éste estaba resentido y deseaba arrebatarle el martillo de oro para poseerlo él sólo. Pangyi imaginaba las aviesas intenciones de su hermano, y como sabía que nada le haría cambiar, decidió proceder igual que él. Coció al vapor semillas de trigo y huevas de gusanos de seda y después se las regaló.

Igual que antes, solo nació un gusano de seda, pero era un gusano como cualquier otro. También germinó una sola espiga de trigo. Cuando estaba madura la arrancó un pájaro y se la llevó volando. El hermano de Pangyi, entusiasmado, persiguió el pájaro hasta las montañas. Allí encontró la gruta, solo que esta vez había una reunión de demonios.

—¡Éste es el que robó nuestro martillo de oro! —gritaron.

—¿Qué castigo preferís, que nos prepare tres calderos de almíbar o le alargamos la nariz un par de metros?— preguntó uno de ellos.

Finalmente decidieron castigarle a cocinar los calderos de almíbar. Después de tres días sin descanso el hermano de Pangyi estaba tan hambriento y exhausto que apenas podía continuar. En respuesta a sus quejas los demonios le alargaron la nariz hasta hacerla como la trompa de un elefante.

Miles de personas llenaron las calles para ver la extraordinaria nariz. En consecuencia, debido al insoportable sentimiento de ridículo y vergüenza, al poco tiempo murió.

Pasaron generaciones. Un descendiente de Pangyi utilizó el martillo de forma insensata para golpear excrementos de lobos. Un estrepitoso rayo cayó del cielo sobre el martillo y lo resquebrajó, con lo que se perdió para siempre.