Una historia de fantasmas contada por un fantasma

Un letrado, aficionado a la vela, después de navegar por el lago Poyang, al final del día amarró el barco para dar un paseo bajo la luz de la luna y disfrutar del fresco de la noche. Pasó por un bar donde vio varios hombres que se presentaron como sus conciudadanos. Tomó asiento para beber con ellos y luego conversaron sobre historias de fantasmas, todas las cuales eran muy extrañas y exóticas, hasta que uno de ellos dijo:

— Habéis contado historias extraordinarias pero nada puede compararse con lo que me sucedió a mi mismo. Una vez cuando fui a la capital estuve en una casa botánica en Fengtai con idea de evitar el bullicioso ruido de la gran ciudad. Allí encontré a un hombre vestido como un letrado con el que entablé una conversación. Cuando le dije que me gustaban los árboles exuberantes y las flores exóticas pero que detestaba los espectros que poblaban los cementerios, contó la siguiente historia:

«No todos los fantasmas son repugnantes, aunque les haya groseros, también les hay refinados. En un viaje a las Colinas del Oeste, me encontré con un hombre que habló de poesía conmigo. Recitó varios versos de sus poemas. Como los siguientes:

Remotas colinas de tardío ocaso,
y de vetusto templo en el Otoño primero.

Y también:

Las campanadas se esparcen por la aldea,
como las velas resplandecen entre las casas.

Cuando iba a preguntarle donde se alojaba escuchamos el tintineo de campanas de una carro en la lejanía y el hombre desapareció delante de mi vista. ¿Te parecería este fantasma aborrecible?

Estaba tan gratamente impresionado por el trato agradable del hombre que le invité a beber unos vasos de vino.

—Me honra que no te produzca aversión— dijo, — ¿pero cómo osaría venir a beber tu vino? Y con una risita desapareció. Sólo entonces me di cuenta de que el hombre que me había contado una historia de fantasmas era, él mismo, un fantasma.»

—Esta es la historia mas increíble que nunca haya escuchado—dijo el letrado y después siguió bromeando— Piensa en ello, no es que detrás de un relato extraordinario se esconda otro relato más extraordinario todavía, sino que ¿quién sabe si estos que cuentan historias aquí no son ellos mismos fantasmas?

Con esas palabras todos se mostraron desconcertados. Un soplo de aire cruzó la estancia, las luces se debilitaron y los hombres se transformaron en humo fino que al rato se dispersó.

紀昀  Ji Yun

El monje Xuanzhao

El monje Xuanzhao, que vivía en el Valle Baique de las montañas Songshan, se dedicaba en cuerpo y alma al estudio de las Escrituras budistas. Se destacaba de los demás monjes de su época por su estrecho cumplimiento de la Regla budista. Aspiraba a conseguir la iluminación de los demás  predicando miles de veces el Sutra budista del “Loto de la Ley Verdadera”. A pesar de la lejanía de su templo y la dificultad de los senderos montañosos que hasta allí llegaban, la sala donde predicaba sus enseñanzas siempre estaba llena de acólitos, tanto en el rígido invierno como en el caluroso verano. Un día, tres viejos de pelo y cejas blancas y de apariencia muy poco común acudieron a su templo para escuchar sus enseñanzas con devota aplicación. Como los tres ancianos seguían acudiendo día tras día, atrajeron la atención de Xuanzhao.

Una mañana llamaron a Xuanzhao y le dijeron:

—Somos dragones. A cada uno de nosotros se nos ha confiado diversas tareas y para ello hemos trabajado mucho durante milenios. Somos afortunados al recibir tus enseñanzas Budistas y estamos deseosos de devolverte tu amabilidad. Si nos indicas como podemos serte de ayuda, nos harás muy felices.

El monje dijo:

—El radiante sol lleva calentando sin tregua demasiado tiempo. Las cosechas se han perdido y el pueblo tiene hambre. ¿Podríais hacer llover para que la naturaleza se regenere? Ese sería mi deseo.

Los tres ancianos dijeron:

—Nos es fácil traer nubes y producir lluvia pero, en este momento, la lluvia está totalmente prohibida. Actuar en contra de los mandatos del Cielo sería castigado severamente. Debemos pensar en nuestros cuerpos y almas y no arriesgar la vida. Sin embargo, con tu ayuda hay una manera de conseguir lo que pides.

—Por favor, decidme que debo hacer— dijo Xuanzhao.

—Hay un médico llamado Sun Simiao, es ermitaño en las montañas Shaoshi, un hombre de alta virtud —dijeron, — si él ayudara a evitar el desastre, podríamos hacer llover.

—Se que el ermitaño vive en las montañas — dijo Xuanzhao —pero no se que ha hecho. ¿Cómo os puede ayudar?

Los tres hombres respondieron:

—Las virtudes de Sun son ilimitadas. Su gran trabajo médico “Prescripciones de las mil piezas de oro” beneficiarán a generaciones. Se trata de un ser celestial, su nombre está en las listas preparadas por el Emperador del Cielo. Una palabra suya y estaremos a salvo. Por eso esperamos que le consultes primero. Si promete ayudarnos, llevaremos a cabo tus deseos.

Después le explicaron a Xuanzhao como Sun les podía proteger.

Con sinceras esperanzas y actitud de respeto Xuanzhao fue a la cabaña del ermitaño. Después de un buen rato sentados, el monje dijo:

—Sabemos que, como notable y virtuoso ermitaño, te preocupas por los demás y te gustaría aliviar el sufrimiento. La terrible sequía ha acabado con las cosechas y ha sumido al pueblo en gran desesperación. Ha llegado el tiempo de que hombres sabios actúen. ¿Serías tan amable de salvarles de la hambruna?

Sun Simiao dijo:

¿Qué puedo hacer yo? No tengo poder ni capacidad para hacer lo que me pides. Me he retirado a esta agreste montaña precisamente porque soy incapaz de conseguir nada.

Xuanzhao dijo:

—Ayer he visto tres dragones y les he pedido que hicieran llover. Me dijeron que hacer llover sin el permiso del Emperador del Cielo recibiría un castigo implacable y que solamente tú, con tu extraordinaria integridad y virtud, podrías evitar el castigo. Por eso he venido, confiando en que seas condescendiente y aceptes ayudar.

A estas palabras, Sun Simiao contestó:

—Haré todo lo que esté en mis manos.

—Cuando llueva —dijo Xuanzhao, —los tres dragones se esconderán en el estanque detrás de tu patio. Llegará un extraño para prenderlos. Debes convencerle para que se vaya y así los dragones estarán libres del castigo.

Sun prometió hacer como le decía Xuanzhao, quien luego se marchó. Los tres ancianos le esperaban en el camino y les contó la promesa de Sun. Entonces decidieron hacer llover durante un día y una noche sobre un área de mil Li. Llovió todo el día y vastas áreas se beneficiaron del agua caída.

Al día siguiente Xuanzhao fue a ver a Sun. Mientras hablaban, vieron a un hombre de extraña apariencia dirigiéndose al estanque de la parte trasera del patio, allí comenzó a gritar lleno de furia, lo que produjo que el estanque se helara. Tres nutrias, dos grises y una blanca, surgieron del agua. El hombre las ató con cuerdas rojas y cuando estaba a punto de irse, Sun se dirigió hacía él diciendo:

—Es verdad que estas tres criaturas han cometido delitos que merecen más que la muerte,  pero he sido yo quien se lo ha pedido. Espero que les liberes y ruegues al Emperador del Cielo que les perdone de mi parte.

Al oír estas palabras, el hombre desató las nutrias dejándoles las cuerdas. Un rato después los tres ancianos aparecieron para darle las gracias y le ofrecieron una recompensa. Pero Sun dijo:

—En este profundo valle no necesito nada y no es necesaria ninguna recompensa.

Cuando vieron a Xuanzhao, le ofrecieron sus servicios.

El monje dijo:

—Un poco de comida y  abrigo es lo único que necesito en esta montaña. No me falta de nada y no quiero ninguna recompensa.

Cuando los tres ancianos insistieron con persistentes reverencias, Xuanzhao dijo:

—La montaña que se encuentra delante del templo hace dificultoso ir y venir por el camino. ¿Se podría mover?

—Eso es fácil —contestaron. —Podemos mover la montaña si no te importan los truenos y relámpagos que se sucederán al corrimiento de tierras.

Esa noche cayeron rayos, y truenos retumbaron con estrépito. Cuando cesaron, por la mañana, el templo ya no estaba bloqueado por la montaña.  El terreno en varios Li se habían nivelado y era llano como la palma de la mano. Los tres ancianos luego fueron a despedirse del monje.

Es muy reseñable que Sun Simiao, un verdadero espíritu noble, no pidiera nada a cambio de su ayuda.

杜光庭  Du Guangting. 太平廣記 Tai Ping Guangji.

Larga charla nocturna sobre la no existencia de fantasmas

Ji Ruai originario de Jiahe y Zhang Wenfu de Qing, eran reputados filósofos confucianos. Los dos departían sus enseñanzas en la misma escuela en Xian.

Una noche de luna clara salieron a dar un paseo por las afuera de la ciudad, desde la parte Norte hasta el Sur. Caminando, caminando, llegaron a un solitario descampado bastante alejado de sus casas. Zhang tuvo miedo y propuso volver por donde habían venido.

—Este es un campo santo que está lleno de espíritus. No es lugar para quedarse mucho tiempo.

En ese preciso instante, de repente, surgió un anciano con bastón y les hizo una reverencia.

—¿Cómo puede haber espíritus? ¿No habéis leído acaso las argumentaciones de Ruan Zhan de la dinastía Jin? Como confucianos no deberíais creer en herejías budistas.

Se sentó con ellos y estuvo hablando largo rato exponiendo argumentos sobre la no existencia de fantasmas y espíritus, citando a renombrados filósofos confucianos de la dinastía Song.

Ji y Zhang estaban muy impresionados y reconocieron que el anciano poseía un profundo  conocimiento sobre el asunto. Durante la acalorada conversación no se les ocurrió preguntarle por su nombre.

Entonces oyeron a lo lejos el tintineo de cascabeles provenientes de un carro tirado por  bueyes que se dirigía hacia ellos.

El anciano se incorporó agitado.

—He estado solo demasiado tiempo  en el inframundo— dijo. —No estaríais charlando conmigo si no hubiera elegido los argumentos en contra de la existencia de espíritus. Os confieso la verdad, ahora, antes de irme. Espero que no lo consideréis una broma.

En un abrir y cerrar de ojos el viejo desapareció.

Pocos filósofos estaban enterrados en la zona. Dong Kongru era uno de ellos. Es probable que fuera la aparición de la noche de luna clara.

紀昀  Ji Yun