Los tres catadores de vinagre

Los tres catadores de vinagreTres sabios atravesaban el país de ciudad en ciudad divulgando sus conocimientos. En cierta ocasión llegaron a una ciudad donde fueron bienvenidos y recibidos con obsequios de productos locales. Uno de los regalos consistió en una gran tinaja llena de vinagre. El primero de los sabios metió el dedo en el líquido y lo probó. Una expresión agria se dibujó en su cara.

—El vinagre está demasiado ácido—dijo.— ¡Retiradlo!

El segundo sabio humedeció su dedo en el vinagre y, después de probarlo, en su cara se reflejó un gesto de disgusto.

—Este vinagre es horrible. Es muy amargo. ¡Retiradlo!

Entonces el tercer hombre igualmente probó el vinagre.

—¡Mmm!—En su rostro se reflejó una sonrisa.

Los otros dos le miraron sorprendidos.

—¡Sabe a vinagre! — dijo finalmente.

La tradición china utiliza esta parábola para representar las cosmovisiones y la actitud predominante ante la vida de sus tres principales corrientes espirituales: Confucianismo, Budismo y Taoísmo.

Para Confucio la vida es agria, ve el vinagre como vino ácido que necesita corregirse. De la misma forma, la sociedad debe regirse por leyes estrictas para ser corregida.

Para Buda la vida es amarga, está llena de apegos y deseos que nos conducen irremediablemente al sufrimiento. El sabor del vinagre no es agradable para el cuerpo y el alma debido a su sabor extremo.

Lao-Tse, sin embargo, reconoce el vinagre tal como es, sin juicios. El vinagre sabe simplemente a vinagre. Así los taoístas conocen y participan de la armonía de la naturaleza. Cualquiera que sea el sabor del vinagre, la experiencia es buena.

Si uno se mantiene en armonía con las circunstancias de la vida, donde antes había cambios negativos ahora los hay positivos. Desde el punto de vista taoísta, agrio y amargo provienen de la interferencia y manipulación de la mente. En si misma, si la vida se entiende en su estado natural, es dulce.

El monje y el maestro

Ji YunEsta historia me la contó mi pariente Ji Mu’an.

Había en Suning un maestro rector de una escuela donde se enseñaba la filosofía neo-confuciana de Cheng Zhu. Un día un monje peregrino se acercó a la escuela para pedir comida. Parado en la entrada, estuvo golpeando rítmicamente su pez de madera desde el amanecer hasta el mediodía. El maestro, muy molesto, finalmente salió a echarle.

—Los herejes podéis embaucar a la gente ignorante. Pero no creas que tus trucos van a afectarnos a nosotros, discípulos de la sabiduría.

El monje hizo una genuflexión en señal de respeto. Luego dijo:

—Los budistas pedimos comida y ropa, mientras que los confucianos buscáis salud y posición. Ambos nos parecemos en que hemos perdido de vista los principios originarios. ¿Por qué me lo pones tan difícil?

Estas palabras enfurecieron al maestro. Se disponía a atizarle con la vara de profesor que usaba en la escuela cuando el monje, remangándose la túnica, se levantó.

—¡Qué cruel eres!

Y se marchó dejando olvidada una bolsa.

El maestro pensó que el monje no tardaría mucho en volver a por la bolsa. Por la tarde, como el monje no aparecía, los discípulos demandaron abrir la bolsa para quedarse con lo que hubiera dentro, pensando que estaría llena de monedas.

—Esperemos más— dijo el maestro,— si no regresa, decidiremos que hacer. Pero antes, que alguien cuente el dinero para evitar problemas.

Cuando abrieron la bolsa, de dentro salió un enjambre de avispas. Sin conmiseración atacaron al maestro y a los alumnos. Con las caras hinchadas, gritaban, gemían y pedían ayuda. Los vecinos oyendo los gritos se acercaban extrañados.  Todos querían saber que les ocurría. En ese momento apareció el monje empujando la puerta principal.

—¿Están los discípulos de la sabiduría robando dinero de otra persona?— preguntó en voz alta.

Agarrando la bolsa, se fue en dirección a la salida. A la altura de la puerta juntó las palmas de las manos en forma de saludo y reverencia y dirigiéndose al maestro dijo:

—Un hereje ha ofendido a un sabio por accidente. Por favor, perdonadme.

Todos los vecinos se echaron a reír.

—¡Es magia!— Se oyó decir.

—El maestro nunca pierde ocasión de criticar el budismo y maltrata a los monjes siempre que los ve. Por eso, el monje ha puesto avispas en su bolsa como escarmiento —comentó alguien.

—He visto lo que ha pasado con mis propios ojos— explicó Mu’an. — Si las avispas hubieran estado en la bolsa, se habría notado su movimiento. Pero nadie lo ha notado.  Si lo que ha pasado aquí lo llamamos magia, estaremos más próximos a la verdad.

紀昀  Ji Yun

Los ancianos se transforman en niños

返老還童  (返老还童)
fānlāohuántóng

En la Dinastía Han del Oeste, Liu An, Príncipe de Huainan, estaba obsesionado con la idea de obtener ayuda de los Inmortales Taoístas para aprender los secretos de la eterna juventud.

Un día se presentaron en palacio ocho ancianos de pelo muy canoso solicitando audiencia ante el Príncipe.

—Poseemos el secreto de la eterna juventud y queremos comunicárselo al Príncipe—dijeron los ancianos.

El guardia informó al Príncipe Liu An.

—¡Pero si ellos mismos son unos ancianos! —contestó el Príncipe.— ¿Cómo pueden dominar el arte de la eterna juventud? Obviamente pretenden engañarme. No les recibiré.

A los ocho ancianos se les comunicó las palabras del príncipe. Acto seguido, se transformaron en ocho niños jovencísimos.

—Al Príncipe de Huainan —dijeron riéndose,— no le gustamos por ser demasiado viejos. ¿Y así… ahora?

神仙傳
Historias de inmortales