El talento del Maestro Jiang se ha agotado

江郎才尽

jiāng láng cái jìn

La inspiración del artista es un proceso complejo y en cierto modo misterioso. Desde la antigüedad china se conoce la siguiente historia que narra deliciosamente como un escritor pierde su talento cuando envejece dando origen a  la expresión:  “jiāng láng cái jìn”

Jiang Yan de la dinastía Liang, correspondiente al periodo de las Dinastías del Norte y Sur, fue un estudiante muy aplicado desde joven y ganó considerable renombre por sus brillantes poemas y ensayos. La gente le llamaba “Maestro Jiang”. Cuando alcanzó la vejez su talento pareció agotarse y sus escritos se hicieron mediocres. Contaban que había tenido un sueño. En su sueño, un hombre que decía llamarse Guo Pu (un famoso escritor de la dinastía Jin) le había dicho:

—Te dejé una pluma hace muchos años. Ahora quiero que me la devuelvas.

Jiang Yan se llevó la mano al bolsillo y, efectivamente, allí había una pluma multicolor. Jiang devolvió la pluma al hombre que hacía llamarse Guo Pu. Desde entonces, Jiang Yan nunca más fue capaz de escribir un poema o ensayo con brillantez.

Así fue como la gente comentaba que el talento del Maestro Jiang se había agotado.

Dejar algo a medias

半途而废

bàn tú ér fèi

Este refrán hace referencia a alguien al que le falta constancia de propósito para terminar un trabajo. He aquí su historia:
 
Un estudiante llamado Le Yangzi, dejó su casa para atender las lecciones de un profesor que vivía en un lugar muy alejado. Cuando volvió a casa un año después, su esposa tejiendo en el telar le preguntó:
 
—¿Has acabado tus estudios?
 
—No, pero te echaba tanto de menos que he vuelto para verte— respondió Le Yangzi.
 
Su mujer enojada con las tijeras en la mano le dijo:
 
—Los capullos de la seda se devanan y entretejen para producir hilo. El telar, luego, teje el hilo uno a uno para producir la tela. Se necesitan meses para acabar un rollo de tela de seda. Si ahora cortase con estas tijeras, todo lo que he hecho hasta hoy se perdería. Lo mismo ocurre con tus estudios. El conocimiento se acumula día tras día y mes tras mes. Si lo dejas a medias, ¿no es como cortar el hilo con las tijeras?
 
A Le Yangzi le afectaron profundamente las palabras de su mujer. Se marchó de nuevo y no regresó hasta que hubo finalizado sus estudios siete años después.
 
Historia de la dinastía Han posterior.

Encuentro en el callejón

Historias de un Minuto

Chen Huijun

Se inauguró la Tercera Muestra Municipal de Caligrafía y Pintura y multitud de entendidos acudieron para ver la exposición.

En frente de una pintura especialmente conmovedora, algunos notaron que lloraba. ¡Oh! ¡Qué mujer tan bella!, una auténtica Venus penitente.

¿Quién eres? Se que eres pintor. ¿Por qué eres tan distante, reservado e intenso? Con tus ojos siempre directos sólo a mí me dedicas esta breve mirada cálida y llena de serenidad.

¿Quién eres? Se que eres profesora. Como la sucesión de las estaciones, siempre vas y vienes con prisas. Llena de gracia, pura, solitaria. Aunque tu propia vida esté llena de frustración siempre nos miras a mi y a tus estudiantes con una sonrisa llena de amabilidad.

Después de varios encuentros fortuitos en el callejón, la profesora y el pintor se encontraban allí todos los días, en parte por accidente, en parte intencionadamente. Regalándose las miradas, pasaban hombro con hombro, con tácita comprensión.

Se sentían tan naturales que ninguno quería romper esta extraña familiaridad, ni alterar esta pasión, fría, silenciosa, tan transparente y fina que podría ser rota con un chasquido de dedos.

Cuando llegaron a esta silenciosa comunión, si uno no aparecía, el otro se quedaba consternado.

El hermano de la profesora regresó de América. No podía entender el amor platónico de su hermana. No comprendía como el corazón de su hermana había podido sobrevivir más de tres años alimentado únicamente por una mirada reconfortante. El hermano insistió en acompañarla para ser testigo de tal mirada, una mirada que ella consideraba sagrada.

Caminando el uno hacia el otro, sus ojos se encontraron dejando un expresión de desconcierto y confusión. Él, enfadado, siguió andando con la cabeza erguida.

Desde entonces, perdieron la tácita comprensión y el equilibrio recíproco.

Por la tarde, bajo las tenues luces de la calle, ella recorría arriba y abajo la avenida, buscando, esperando…

Y él… de pie junto al pequeño edificio al lado del callejón, mirándola largo rato. ¿Era venganza o era amor? En la vida le habían herido demasiadas veces. Esperaba que ésta iba a ser la última vez. Después de tres años, esta profesora soltera había dejado una profunda impresión en su corazón y no podía olvidarla. Con dolor cerró los ojos. Había dudado de las últimas palabras de su padre: “Entre las flores y la hierba, la más brillante es la más venenosa.” Ahora estaba convencido. Decidió pintar un cuadro de despedida al lugar donde había madurado.

Entre el encendido amanecer y la humeante lluvia. Un estrecho, retorcido y largo callejón de adoquines. Con los patios a ambos lados de la calle, verdes brotes en las ramas. Las luces de la calle todavía sin apagarse, la luz de la farola tan sólo un pequeño punto rojo. Un hombre, vestido de negro, y una joven mujer, de amarillo, caminando el uno hacia el otro entre la lluvia. Una sombrilla roja ocultando la cara de la joven mujer. Los dos parados a cierta distancia. En el cuadro estaban retratados detenidos en esta situación. El título de la obra era: “Encuentro en el callejón”.

El tono del cuadro era vivo y las figuras llamativas. Todo en él insinuaba vitalidad y ternura. La distancia entre ambos no era mucha, pero iba a permanecer así para siempre y nunca se acortaría. Rojo y amarillo, los dos colores de un kesaya budista, ahora unidos en un lienzo. Lo que ambos sentían el uno hacia el otro sólo este lienzo lo sabía.